A la sombra de la muerte



 

A pocos meses de cumplir 28 otoños, reflexiono sobre mi futuro cercano, que ahora se presenta opaco. Al menos, así lo percibo en contraste con los planes que tracé desde los 15 años. A veces me encuentro con piedras en el camino, pero muchas más veces soy yo quien las coloca y tropieza, por olvidar dónde las dejé.

Hace algunos años, incursioné un poco en esto de ser cinéfila, creo que fue a inicios del 2015, mi, por entonces, compañía con buenos gustos en cine hacía que me empapara también de ellos y las películas que formaban parte de nuestra larga lista era nutrida e interesante a nuestro ver; desde comedias románticas como Stuck in love (Boone, 2012), que no son mi fuerte porque el amor ha sido un barco que no sé conducir y no aceptaré que zarpe a menos que esté cien por ciento segura de que mi tripulación sea la correcta, pero debo aceptar que veía el género por darle gusto a aquella compañía; hasta clásicos de la ciencia ficción como Interestellar (Nolan, 2014) o El efecto mariposa (Bress, Gruber, 2004). Estas últimas siempre me han resultado más cómodas de ver y analizar porque me desafían mentalmente; disfruto dándole vueltas a la trama o revisándolas para encontrar cabos sueltos. Así, mi curiosidad por el cine fue creciendo día a día, llevándome a explorar ese vasto universo: desde guionistas hasta artistas del medio, a través de artículos y entrevistas. Esta pasión se sumó a las otras que medio mundo ya sabe que tengo.

En 2018, mientras atravesaba, la que puedo nombrar como la depresión más grande por la que he pasado durante algunos años, usé esa profunda tristeza para llevar mi arte frente a cámaras, y, aunque debo reconocer que muchas veces soy exageradamente dispersa y olvidadiza; lo que complicaba el memorizarme los guiones, pude, con orgullo, pasar sin dificultad mi primer y único casting hasta la fecha. “La hiena” era un personaje frío, cruel y con un pasado un tanto oscuro, y, a pesar de que el corto nunca vio la luz, siempre que recuerdo haberla interpretado por algunas semanas, me doy palmaditas mentales felicitándome, por el solo hecho de saber que mi más grande y dolorosa descorazonada, me llevó a descubrir que había un sitio más en el arte que no había explorado y que podría calzar perfectamente conmigo: había convertido el dolor en algo que tenía sentido y me liberaba de mis demonios, tanto como el cantar o escribir. Aún guardo aquel libreto con aprecio.

Dentro de esas charlas interminables que tenía con amigos, que me visitaban al pozo donde pasaba mis días más miserables, hablamos de todo y de nada. Incluso entró a colación un tema que no me gusta nada tocar: la muerte. Entre botellas y nicotina supe que no podría poner fin a mi existencia en esta tierra por aquello que pasaba, quizá porque, aunque era una herida lacerante y abierta, no merecía tanto la pena como para marcharme. Y entre tantas cavilaciones y dificultades respirándome en la nuca, dije en voz alta cual monólogo, lo que tal vez no puedo decirles a los míos a la cara, al igual que en tiempos de pandemia, cuando se marcharon mis queridos abuelos maternos con pocos días de diferencia, y luego de que mi abuela paterna diera su último suspiro hace ya dos años atrás: “Si no he decidido irme de este plano, es porque le temo profundamente a la muerte y a lo que hay más allá”.

Pronto se cumplirán 25 años de la primera gran pérdida que atravesé, el 26 de marzo del 2000, José Fernández se perdió en el sueño eterno, apagando su voz y su guitarra a los oídos de quienes alguna vez lo escuchamos cantar o tocar alguna canción y a pesar de que yo creí que era simple casualidad que el cruel destino o Dios hayan decidido llevárselo justo un día después de mi cumpleaños número tres, con el correr de los años y la información que fui recabando, soy fiel creyente de que se movieron algunos hilos a modo de recordarme su más grande sueño “que recorramos el mundo haciendo música juntos”. Es por eso que cuando le canto a una multitud, por más pequeña que sea, y siento que no podré llegar a una nota correctamente, pido su apoyo en silencio: seguro que, desde el lugar de paz donde se encuentra, me escucha y hace lo posible por ayudarme a no desafinar.

Por esa promesa y por voluntad propia, es que espero que mi viaje por el mundo, como lo estoy planeando, siga su curso mucho mejor de lo que espero. Es por eso que, un día, mientras resolvía unos ejercicios de integrales en la universidad, decidí cambiar el rumbo y dejar de apuntar hacia París, para enfocarme en Nueva York. Allá donde rebosa una efervescente cumbre artística y puedo mezclar todo el arte que me hace feliz. Ojalá, desde el corazón de la Escuela Gallatin, pueda retribuir con creces a quienes apostaron por mí, desde que me enamoré de las artes y la Economía; recorrer con curiosidad y alegría esas nuevas calles que aún no conozco, pero lo haré y, por sobre todas las cosas, ser el oído y consejo adecuado, por si algún día un hermano o amigo mío lo necesita, del mismo modo que fui escuchada alguna vez, sobre todo cuando le daba vueltas una y otra vez al mismo asunto de siempre.

Escribí esto como un recordatorio doloroso de aquel joven cantante, exmiembro de una boyband mundialmente conocida, que partió hace algunos meses de este plano, y de Jeff Baena, uno de mis directores de cine favoritos, cuya carrera, al igual que la de su esposa, sigo de cerca, y que justamente ayer decidió partir. Paz a su alma y a sus restos.

Ahora la muerte está al asecho de personas jóvenes, y al igual que el amor romántico se ha olvidado de mí, espero que la muerte también lo haga durante un tiempo muy muy largo, que me permita disfrutar de todo lo que aún me falta por conseguir y vivir, que los triunfos pesen más que las derrotas. Y que la muerte siga ahí, solo esperándome hasta cansarse.

G
M
T
Y
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A MITAD DEL CAMINO (I)


 



XXV

Es un punto. Ignora si uno final.
Nunca ha sido fan de los viles mayos,
siempre han llegado vestidos de luto
con la vida, y el correr de sus años.
 
El dejar ir, avanzar, soltar
el no haber encontrado su lugar
el equivocarse muchas veces
algunas veces que olvidó contar.
 
Es un punto. Uno silencioso.
Que prefiere la paz y su calma
a dejarse dar por dardos peligrosos
que condenen a su pobre alma.
 
Es un punto. Y érase una vez
que se acompañó de otros más
pero, oh, condenada mala suerte
al final, resultó ser un punto de tres.
 
Y las pocas veces, aquellas veces,
que el punto tuvo la oportunidad
de formar con otro, un bonito par
su inútil corazón no supo actuar.
 
El poder desde lejos observar
una esquiva y cara felicidad
y el punto pobre y harapiento
al que sus monedas no le alcanzarán.
 
Es un punto. Ojalá no uno final.
Ya no es fan de los mayos fríos,
de los "para siempre" perdidos:
cadenas atadas a destinatarios vacíos.
 
Es un punto, pero aún busca un par,
su lucha es de todos los días
echando lo que no se puede quedar
ni ayer ni ahora ni nunca, para variar.

(Octubre, 2021)

 

 

XXXI

Mi huracán agridulce
testigo de mis derrotas,
compañía en mis desventuras,
el premio mayor en mis victorias.
 
Hechura de un demonio o un Dios,
la arena que ha girado
en el reloj de cristal,
con cada latido de mi corazón
veces incontables;
al ritmo suplicante de mi respiración.
 
De cualquier forma escaparme quiero
encontrar una salida al reino de Morfeo,
y devolver esa última sonrisa
ante mi inocente cuestionamiento.
 
Huracán agridulce y seco
devuélvenos los ausentes eneros;
los marzos que solían ser nuestros.
 
La interrogante está presente
de si cuando voy tú vienes,
y si todavía habita en la suave brisa,
algo de ti que pueda hallar en Darío y su Sonatina.
 
Pero ahí vamos, esperando una fecha,
un día en el que dejemos de ser
víctimas del pasado; vanidad pura,
todos los días que hemos faltado
un gran recuento que resumir podría
en los veinte o quién sabe cuántos de Neruda:
que recita sobre corto amor y olvido largo.
 
Quiero pensar esta lluviosa noche,
que quienes fuimos en ese lejano entonces, todavía podemos ser, alguna otra vez,
fuera de los sueños, los mismos corazones.
 

(Enero, 2022)

 

MAR Y CARACOLA

Ya no creo verte
al final de mi camino
como meta, como destino;
pero qué cerca te presiento
como si cada día que pasara
no fuera uno más, sino uno menos.
 
Estás tan cerca, quizás a unos pasos
pero no me he dado cuenta
porque soy jodidamente distraída
y nunca escucho cuando debería.
 
El fresco eco de un beso
atormenta a mi oído derecho;
pero no me impide escuchar tu voz
tan diáfana aunque algo lejana.
 
Cuánta vida ha transcurrido
entre todo lo que hemos crecido
celebrando tus logros y los míos,
o el lamento de todo lo que perdimos,
y no como el buen par que prometimos
si no como dos piezas que, aunque separadas,
aún encajarían sin tantos líos.
 
Aún sigue el eco de ese beso
retumbando fuerte en mi oído derecho;
una caracola cerca de mi oreja
seduciéndola con el sonido de sus olas
que en un breve momento se alejan.
No son lo mismo el sonido de una caracola y la mar:
cuando el de una se esfuma, el otro se queda.
 
Los buenos marzos que nos han seguido,
ver una cálida noche a las calles, la ciudad,
calles que una vez fueron de arena
y, con el tiempo, se cubrieron por un protector asfalto.
 
Un pañuelo que se mueve con la brisa,
un largo adiós después de oír mi canto,
las direcciones diferentes que tomamos
pero el mundo es redondo ¿acaso lo olvidamos?
 
"Las cosas pasan por algo"
aún guardo conmigo la lección
en honor a los años que han pasado,
a mi prosa joven e imperfecta,
a ese buen vino que te causaba jaqueca
y a los fines de semana sin fines.
 
Un pañuelo que está bajo nuestros pies
un tímido hola, tiempo después
a mitad de nuestro camino y su extraño revés
el mundo es redondo: lo recordaremos otra vez.

 (Marzo, 2022)