LA LEY DE LA SELVA
Renata vivía con su madre en las alturas de una ciudad casi en ruinas, llena de humo por doquier, casi podía tocar las nubes que se parecían a algodones de azúcar, algodones que alguna vez le había pedido a su madre, pero por esas cosas de la vida, no había podido conseguirlo para ella.
Jamás le había faltado amor en aquel humilde hogar de su familia monoparental, sin embargo, al salir de casa con rumbo a esa escuela, por vez primera, se dio de bruces con una realidad distinta a la que estaba acostumbrada a diario, una realidad tortuosa por la que se fue dejando atrapar sin que su madre ni nadie más lo supiera. Hasta hoy.
De pequeña estatura, contextura delgada y casi siempre en silencio, con la mirada perdida en un punto ciego, con la mente quién sabe dónde: Un buen juguete para brindarles momentos de diversión a ellos, de seguro.
La estudiante, que, aun ingresando a clases mucho después de sus demás compañeros, había hecho de sí misma un ejemplo a seguir y a quien los profesores adoraban por el talento que cargaba con ella, la que sobresalía en ese mísero lugar, al que nunca pudo llamar segundo hogar porque no lo sintió así jamás —lugar al que jamás quiso ir de buenas a primeras, pero, al fin y al cabo, por el tiempo y el dinero que escaseaban, no le quedó de otra—. Esa era Renata, quizá demasiado ingenua como para considerar sus amigas a un par de brujas que unos meses después de su arribo a la nueva escuela, mostrarían sus verdaderas caras. Todo el grupo con el que compartía el aula se conformaba de chiquillos de su edad aproximadamente (chiquillos no, más bien pequeñas cabras de monte que por influencia familiar o lo que sea, habían predispuesto su propia ley de sobrevivencia en el aula; “la ley del más fuerte”) y Renata no era lista ni mucho menos fuerte, como iba a serlo si cada lunes y viernes, durante las horas del canto del himno nacional siempre estaba como primera en la fila de su aula, al fin y al cabo, esa sería la primera debilidad que los demás sabrían aprovechar perfectamente.
Durante un día soleado y cálido que abrazaba la escuela, en medio de los muros de barro que la rodeaban, el par de brujas vio por conveniente aliarse junto a un par de ogros para observarla bien y sacar a relucir uno de los mayores defectos físicos de Renata, ella los oía reírse y no decía nada, no se quejaba ni mucho menos intentaba defenderse siquiera, después de todo, ellos la superaban en número y fuerza, así que siempre le llevarían ventaja. El cuarteto había encontrado a una presa fácil para hacer objeto de su diversión, por lo mismo, eran muy felices en su miseria.
La segunda vez, decidieron dejarla sobre el techo de la boletería del estadio al que solían ir para el curso de educación física; el cuarteto rió, los demás rieron, el profesor rió también al ver que Renata, acrofóbica, no tenía las habilidades para bajar de ese lugar, ¿cómo subió allí? sencillo, el cuarteto la apoyó con lo mejor que tenían: ¿la amenaza de una paliza quizá?, y a los dos minutos, la payasa del salón estaba en lo más alto viendo con desespero como nadie pensaba ayudarla a bajar, al final del día, luego del relajo y las risas logró bajar en silencio, con ganas de solicitar auxilio a la autoridad máxima del aula, ¿pero a quién acudiría si estaba el jefe de las cabras al mando disfrazado de autoridad?
Renata iba encendiendo dentro de sí una pequeña llama de remordimiento, con el correr de las semanas. Ese solo era un estúpido lugar donde, se supone, se deberían impartir conocimientos y respeto. Pero no había nada. Cada uno —más bien los más hábiles y fuertes — hacían su santa voluntad. Renata estaba cansada. La tercera vez, casi a fines de año, el cuarteto y sus seguidores se reunieron alrededor de un coliseo de gallos para presenciar una interesante pelea, pero no una de gallos, sino una en donde participaría la bruja menor y el espectáculo de la tarde, llegaba gracias a Renata, (que no era para nada fan de las peleas) y que, desde antes de la pelea, tenía muchísimo que perder. De alguna manera debía sacar ventaja de su tamaño, pero era demasiado pequeña y no tenía la suficiente fuerza para enfrentarse contra una bruja que la superaba por un par de años quizá (y que compartían aula gracias a las ventajas de haber repetido de año, por supuesto). Para el final del mediodía entre risas y burlas, la cabeza de Renata rebotó cual pelota de básquet sobre la arena debido a una certera patada, entonces, solo atinó a cerrar los ojos y tragarse el dolor. Seguido de un montón de patadas de las otras brujas y sus compinches, seguramente. Definitivamente, la paliza de su vida. Esperaba no tener consecuencias que lamentar más adelante. No se atrevería a decirle nada a su madre. La pobre mujer llevaba consigo miles de problemas por resolver, ¿para qué agregarle una preocupación extra?
La cuarta vez llegó en cómodas cuotas; esconderle las zapatillas mientras todas se cambiaban en las duchas de una piscina, luego, al parecer, se les iluminó el cerebro al par de brujas y dejaron de molestar a Renata por un par de semanas. Semanas en las que fingieron tan bien ser sus amigas, y la pequeña crédula les creyó, casi para el final de la semana, “las amigas” se enteraron de que su buena amiga Renata había recibido como regalo un set de maquillaje; era el momento de cobrar la segunda cuota. Es así como le pidieron que llevara a la escuela el maquillaje, le hicieron prometer que su madre no se daría cuenta. Para el final de las clases y del día, a la vista y paciencia de todos en la escuela, Renata parecía una payasa por el exceso de maquillaje, una payasa quien al borde de las lágrimas buscaba el set de maquillaje que le habían hurtado misteriosamente, era valioso para ella, claro que lo era; un regalo que su madre había logrado conseguir con tanto esfuerzo, ya no estaba más. Las risas aún hacían eco en los oídos de la desdichada.
Para la quinta —y última vez— extrañamente no fue a causa de ningún miembro del cuarteto, en la historia, apareció un extra que los ayudó a hacer su día más divertido. Renata volvía del patio luego del receso y se disponía a subir las escaleras con sumo cuidado (jamás había aprendido a subir y bajar las escaleras de forma rápida- como todos los demás- y al saberse torpe, tal vez temía por su vida).
El cuarteto observaba con cautela desde un rincón sin percatarse de lo que ocurriría, pronto, la asechó un tipo que probablemente tendría su edad, pero para tan corta edad, tenía cara de depravado, y en efecto, así como vino, se fue luego de subir su falda y mostrar su ropa interior, causando un espectáculo de risas inacabables. Los colores se le subieron al rostro a la pequeña, quien, en shock, solo escuchó a la lejanía, un coro de risas perfectamente reconocibles. De aquel día solo guardó unos cuantos recuerdos; el “¡Oye, tus calzones tenían dibujitos!” del par de brujas, seguido de sus ganas inmensas de llorar, sus risas sofocantes y el nombre de aquel infeliz: Samuel.
Días posteriores a la agresión, Renata buscó a una autoridad que llevara cuenta de lo sucedido, por vez primera y armándose de valor, buscó al docente que a su parecer era el más serio y rígido, y por casualidades de la vida, también le dictaba clases al infeliz, ni bien se lo hubo comunicado, “Seguramente solo estaba jugando, es solo un niño, los varones son así, traviesos” le respondió el docente armado de su seriedad y rigidez. Renata no dijo nada más, en silencio, con coraje contenido, volvió a su casa y su madre jamás lo supo tampoco, ni nadie más, aparte de ella y su almohada.
“Luego de estos episodios, no supe nada más sobre el tema, pero supongo que la pequeña aguantó como una heroína y siguió en silencio, porque de vez en cuando solía venir a visitarme por las noches y se sentaba al pie de mi cama, mientras no hacíamos más que ver nuestras miradas perdidas. La confianza se reflejaba en un espejo, tanto que un día, decidió platicar conmigo sobre sus otras desdichas, pero de esto, no me había hablado jamás.
Hace muchos años que no venía, hasta esta noche, noche en la que, en medio de lágrimas amargas, supe que aquella pequeña jamás creció; que se quedó para siempre con 8 años. Pero eso es lo de menos, lo importante, es que, aunque ella no haya crecido y no tenga nunca la fuerza suficiente para defenderse, yo sí crecí y me hice más fuerte físicamente. Lo importante, es que Renata jamás volverá a estar sola otra vez, sin tener a alguien que la defienda. Ahora estoy yo, y estoy muy segura de que esos cobardes no podrán jamás contra ella, no de nuevo”.





