MISIVAS DE UN COBARDE (I)


 

Querida Renata:

El diario vivir ya era difícil de por sí. Comenzaba a escarbar en mi cabeza para encontrar el error de forma adecuada y darle vueltas y analizarlo con cautela, como solía hacer la mayoría de veces, siempre y cuando no estuviera estresado y enojado, claro. Pero ahora el panorama había tomado un color un tanto distinto, unos colores, diría yo. Esta noche, estaba herido.

La primera experiencia que tuve, puedo recordarla como si hubiera sido ayer; ella tenía 18, era hermosa, arte puro, poseía la misma belleza de un ángel; quizá eso fue lo que me cautivó desde la primera vez que la vi e hizo que se quedara grabada en mi mente y me deslumbrara cual luz de alumbrado público hacia un ciervo desorientado en medio de una carretera. La hubieras conocido; cuando hablaba de lo que le apasionaba, que años más tarde, sería lo que me apasionaría a mí también; cada una de las palabras que decía te dejaban KO, incluso sus chistes picantes y su sonrisa de gato de Chessire después de hacer una travesurilla, esa que hasta el día de hoy no he olvidado y no creo poder hacerlo jamás; sus conversaciones llenas de sabiduría y tontería, su paciencia; ese metal y rocksito hechos predilección suya desde tiempos inmemoriales, que causaron un estruendo en mis oídos la primera vez, pero a las siguientes, ya me había aprendido cada una de sus letras y me había hecho fan de sus bandas favoritas también. La hice partícipe y protagonista de 5 cartas importantes, y que, según sé, las tenía guardadas en una cajita, en un lugar recóndito de su habitación. La primera vez que le entregué una, ella cumplía 19 otoños; se la dejé bajo el “léelo cuando estés sola”, ella solo sonreía y sonrojada, dejaba que escondiera mi cabeza en el hueco de su cuello, en un cálido abrazo. Durante ese cálido momento en el que nuestros corazones se encontraban más cerca el uno del otro, el tiempo no transcurría para mí; solo atinaba a cerrar los ojos y a percibir su fragancia de flores de cerezo, aroma que solía llevarme al paraíso. A ese día, le sucedieron otros más felices, como cuando ingresaba a nuestro lugar de coincidencia, buscando mi compañía y llenando mi soledad, casi siempre acompañada de un caramelo en el bolsillo de su chaqueta, para mí, y a esa primera, le sucedieron más cartas, cada una más cursi y revelando más sentimientos que la anterior, y la situación se repetía. El pasar mis días en su compañía, era la gloria plena.

Cuando ya hubo pasado un tiempo, me presentó a su madre como un amigo y nada más; una madre de la que no fui santo de su devoción desde el primer día que me vio, supongo que ella “presentía lo que pasaría más adelante, que ante sus ojos, significaba el no poder ser todo lo que su familia deseaba para su amada hija”, pero eso sí, puedo vanagloriarme de que era el favorito de la engreída de ella, una pastor alemán (que confieso, seguiría siendo mi favorita hasta hoy) que me recibía moviendo la cola, lamiendo mis manos y acompañándome al salir, cuando el sol apenas se levantaba, cada vez que, cual ladrón, huía sin ser visto de su casa.

Mientras los meses pasaban, mi corazón era una fiesta solo por verla, oír su voz o leer un mensaje suyo. Pero ella era tan despistada para notar, que, si de cumplirle un capricho o un favor se trataba, pues ahí estaría en primera fila, puesto que consideraba que mi misión de vida era el vivir para hacerla feliz; lo supe desde el día uno. Pero ella no sabía leer mis cartas entre líneas.

El ir por ella hacia donde fuera que estuviera y acompañarla de vuelta a casa, asegurándome de que llegara sana y salva, el deshacerme de mi chaqueta por cedérsela durante las tardes de frío, el velar por sus sueños cada que había oportunidad, el haber aprendido a caminar a su lado siempre del borde de la acera y el dejar que fuera la única que me llevara de la mano, cuando se le antojaba o porque era consiente de mi actitud suicida al cruzar las pistas, también. Vaya, eso lo había olvidado hasta hoy.

La dulzura de su voz acompañaba mis días y noches. Y mi corazón pedía a gritos algo más. Pero no, porque me invadía el terrible miedo a perderla, de animarme a confesarle la verdad de mis sentimientos. Ante sus ojos solo era un amigo, el más atento, detallista y amable de todos. Ni siquiera parecía vivir en esta época, me decía, y yo estaba seguro de que así era. En una de nuestras tantas lecturas que solíamos compartir, le mostré la existencia de las almas gemelas, porque, lo juro por nuestro Dios, tenía toda la certeza del mundo, de que ella era la mía y viceversa; estaba tan feliz de haberla encontrado ¿ahora puedes imaginar el origen de mis posteriores fobias? Yo sé que sí.

Los primeros 365 días, los despedimos con una charla que iba desde las estrellas y su misterio que solíamos amar, hasta nuestro último sueño. Con nadie más habíamos tenido una charla tan larga e interesante antes, ambos coincidimos.

La segunda vez que le envié una carta, fue en honor a sus 20 otoños. La tercera; de hecho, tenía planeado leérsela en frente, mirándola a los ojos, luego de huir del bullicio de la ciudad. Puesto que, días después, ella se marcharía lejos durante algunos meses, con rumbo a conseguir mejoras académicas, al saber de la noticia, me alegré por ella y por las metas que estaba cumpliendo para entonces, sin embargo, mi corazón entristecido ya comenzaba a echarla de menos sin aún haberse marchado, es así que ideé un plan para despedirla como se merecía, entonces, si la tenía en frente ¿Por qué leería para ella, te preguntarás con extrañeza? Pues porque no sabía hacerlo de otra manera, y hasta el día de hoy no lo sé aún, tú lo sabes mejor que nadie. Y sabía que ella no lo juzgaría, pues era muy consiente de mis escasas habilidades de comunicación en cuanto a expresar mis sentimientos se refería; su personalidad cálida ayudaba también, como no tienes una idea.

Para el día que lo había planeado todo ­­—no declarármele, porque el temor a que se alejara aún seguía latente, pero sí el decirle lo mucho que la echaría de menos­­­­­ y despedirme de ella— su madre echó abajo mis (nuestros) planes, reservando su boleto de viaje para ese mismo día. Sí, seguro piensas que siempre soy el más querido por mis “prototipos de suegras”, no te equivocas en lo más mínimo. Así que ella solo partió ese día. Le envié la carta por mail, bajo el favor de “léela cuando hayas llegado a tu destino”, ella lo hizo y recibí su respuesta inmediata, en resumen, si no me equivoco, dijo que cumpliría sus promesas de “no cambiar, mantenerse en contacto y no olvidarse de mí” durante esos largos meses de ausencia. Gracias a esa tercera misiva, aprendí que las promesas, en su gran mayoría, siempre son echadas en un saco roto.

Para el final de los 731 días, por épocas navideñas y a su regreso, repetía mi cursi actuar para con ella, dándole la bienvenida, mas no veía queja alguna en su actitud, por el contrario, se había convertido en una fan acérrima de mis “escritos” como solíamos llamarles a mis cartas medio amorosas disfrazadas con retazos de amistad, que, hasta ese entonces, ella no lograba descifrar del todo. Pero esa vez fue un tanto diferente, recuerdo que veíamos una nueva película de la cual lo único que recuerdo ahora, era que decía “Recuerdo que dolía, mirarla dolía (…)” y antes de que esta empezara, le había pedido que tomara asiento y me prestara atención. Ella, al verme sacar una hoja de mi bolsillo, algo extrañada, pero siempre acompañada de una sonrisa, de esas que solo eran para mí, no había dudado en acceder. Una vez me escuchó, un silencio nos invadió. Lo único que puedo recordar, después de dejarme hechizar por su mirada y su deslumbrante sonrisa, es el profundo y casi descomunal temor que sentí a perderla alguna vez, y las tinieblas en las que sabía me hundiría sin su luz alumbrando mi camino. Pero confié en no perderla de vista, ni que ella se apartara, o en que nuestros caminos se separaran alguna vez. Confié demasiado.

En la cuarta misiva que le escribí, además de acompañarla por el libro que tanto deseaba como regalo, decidí ser un poco más valiente y dejarle pistas acerca de mis sentimientos, para entonces, habían llegado sus veinte otoños. Habían pasado demasiados días desde que nuestras miradas se habían topado por vez primera, me encontraba con más confianza, sobre todo, supongo, porque sabía que no había punto de comparación entre los patanes que ingresaban con fines amorosos a su vida y yo, que me consideraba un mejor partido, aunque su madre no opinara lo mismo. Había decidido dejarle una frase que más o menos rezaba “No soy lo que tú crees y no se trata de algo malo. Tengo algo importante que decirte, pero no puedo hacerlo ahora. Será pronto, cuando sea posible, cuando las cosas deban suceder y el tiempo me lo permita. Espero no cambies tu actitud conmigo cuando lo escuches”. Y muchas lunas pasaron, y de vez en cuando, cada que la intriga la atacaba, se valía de sus sucios artilugios para intentar hacerme hablar. Y eran tan sucios, que, te aseguro, nadie los disfrutaba más que yo. Para esos días, que significaban la calma antes de la tormenta, ella y yo nos habíamos convertido en uno solo, la complicidad había crecido al nivel de saber lo que pensábamos con solo vernos. ¿Alguna vez lo has sentido? Si es que es así, sabes bien de lo que te hablo; el brillo en las miradas, las sonrisas cómplices y el dejar que la gente común los vea extrañados al verse reír cual desquiciados, en perfecta sincronía e ignorando lo que pasa por sus mentes, y si no lo sabes, pues te puedo asegurar que no hay sentimiento más bello que aquel.

Para la quinta y última carta que le escribí, era su veintiún onomástico, y así como por arte de magia, la chispa se había ido apagando entre ambos. Iba por su décima ida y venida con el mismo idiota de siempre, si no me equivoco, sentimentalmente hablando. Pero yo nunca le decía nada. Ya me había acostumbrado a oírla hablar de ese con el que compartía su corazón, a halagarlo con más frecuencia y a dejarme de lado, también. Y aunque me invadían la tristeza y el dolor, ¿qué más podía hacer? Nada más que dejarme llevar por la cobardía y el seguir muerto de miedo a que descubriera mis sentimientos, los que cada vez me eran más difíciles mantener a raya. Pero era su amigo, no podía ser nada más, mientras, el tiempo jugaba en mi contra; la costumbre a sus manías, su manera de vivir y ser y a toda ella, me tenían cada vez más fuera de combate. Las pesadillas en las que la perdía para siempre, en las que ella renunciaba a mí por completo sin ofrecerme tregua alguna, eran cada vez más reiterativas, eso me asustaba y me mantenía despierto la mayoría de las noches. Para entonces, por fin era consciente de que había desperdiciado demasiado tiempo admirándola y no amándola. Para entonces, cada calle de la ciudad tenía grabados nuestros pasos y vivencias. Para entonces, cada canción de amor que se creaba en el mundo, era para ella. Para entonces, mi vida ya le pertenecía por completo; no había átomo que formara parte de mí que no llevara su nombre incrustado. Pero, querida, los días buenos llegaron a su fin como todo, sin habernos dado cuenta siquiera; porque, aunque nosotros fuéramos materia y no nos destruyéramos individualmente jamás, terminamos haciéndonos pedazos el uno al otro.

A mitad del tercer año, cuando había reunido la suficiente valentía para decirle todo lo que había acumulado en mi cansado y enamorado corazón, durante tantos años, sin omitir detalle alguno de lo que sentía, ella se marchó por motivos laborales. Sin embargo, no desistí de mi idea central, así que, a pesar de la lejanía y de que las cosas ya no eran como solían ser, un día, se lo dije (por mensajes). Aquel día, no lo recuerdo muy claro, pues mi cerebro ha construido, desde entonces, una barrera que me impide recordar todos los detalles con claridad; le entregué mi corazón en las manos, y ella lo tomó con el mayor desprecio y crueldad y lo pisoteó de la forma más cruel que jamás se ha visto, aun cuando estaba teniendo en cuenta según ella “el no herir sentimientos”. Siempre lo digo, hubiera preferido mil veces el que me diera un balazo certero, a leer todo lo que escribió. En tan solo un par de horas de aquel día, terminé medio muerto y sentí, por primera vez en la vida, al dolor emocional fusionarse con el dolor físico y puedo asegurarte, amiga mía, que sentí claramente, como dentro mío, mi cerebro y corazón se desconectaban de todo lo demás. Para la tarde de ese fatídico día, me encontraba privado de alma en la compañía de un amigo, que, de no ser por él, te aseguro, hubiera terminado mi agonía en los lugares menos esperados, y, tal vez, quien sabe, ni siquiera hubiese sido capaz de escribirte esta misiva. Aunque, de todas formas, agradezco el que no me hayas visto en esas calamitosas condiciones; te aseguro que me hubieras desconocido del todo; el yo de aquel día, no era yo. Ese día, supe lo que era el odiar de la manera más profunda a la mujer que me había hecho inmensamente feliz durante poco más de 3 años de vida. Supe que sus formas de pensar y amar, no iban en la misma sintonía con las mías y jamás lo harían. Supe que el “presentimiento” de su madre había tenido sentido todo este tiempo. Supongo que aquel día, ella quemó cada misiva que le escribí, ayudada por la ira de todo lo que había plasmado en mi respuesta. Yo también quemé cada recuerdo suyo, y tiempo después, decidí desterrarla de cada célula mía que casi le había pertenecido del todo.

Aquel lejano día, vi a la mayor de mis pesadillas hacerse realidad. Pero, sobre todo, supe que entregarle mi corazón había sido el error más fatídico y estúpido que había podido cometer. Aquel día, le juré al cielo que el arte había muerto para mí en todas sus formas, me juré nunca más entregar el corazón otra vez, juré tomar lo que quedaba de mi corazón maltrecho, herido y sangrante, y al lado de sus piezas incompletas, guardarlo dentro de una caja fuerte y mantenerlo rodeado de terciopelo. Aquel día había jurado tantas cosas en mi agonía, pero incumplí cada una de mis promesas, sobre todo, la más importante...

SINFONÍA DE BATALLA



 


Dos y cuarenta y tres. Estoy olvidando como respirar. Eso me asusta. (No quiero morir, pero afuera todos están muriendo y yo ansío respirar ese aire enfermo, enfermo, pero con sabor a libertad). Mis ansias de respirar más allá de mi pequeño universo azul, están acabando conmigo. No he pensado en si ya no hay más puertas abiertas tras de mí en mucho tiempo. Pero me cercioro, ante todo, una vez más. Y no, no hay más puertas por cerrar. Busco con quien charlar (y encuentro una amiga) mientras el rumbo de la conversación sigue, mi mente ha hecho silencio. Ha dejado de ser un avispero y me deja redactar. (Respirar, no debo olvidar el respirar).

Mis latidos van al cien, y aunque lo temía, no era el inicio de un pre infarto. Éramos solo yo y mi mente jugándome malas pasadas. La primera.

He recordado la sensación de escribir y hablar a diario con alguien cuya voz y rostro ignoro. Ahora no importa, pero descubrí el papel tan importante que jugaron aquellas personas que se le parecían, al escucharme y al ser mis pilares de vida, estando allí para mí en cada triunfo y derrota, y si a alguien le di el papel antagónico de mi historia, tal vez, fue porque tengo el mismo papel en la suya también. Todas esas personas, tal vez, porque fueron (es) la personificación de la seguridad y la sabiduría de mamá en otro lugar diferente de casa. Aunque bueno, en ocasiones en las que no pude evitar que el corazón interviniera, fueron mucho más que eso (¿Quién manda en el corazón?). Y siendo mi corazón tan libre de amar, mi mente se confina cada que le da la gana, muchos más días de los que, quizá, puedo permitirle.

Tres y tres. Ningún fantasma viene a visitarme. Los números impares siguen siendo mis favoritos y si me preguntan cuál es mi más grande temor, seguiré repitiendo que morir. (No quiero morir y convertirme en un espectro y ya no hacer parte de la vida de mis seres queridos, ¿proceso natural del ser vivo? tal vez, pero para mí es mucho más que eso). He leído al Dr. Brian Weiss y siguiendo el pie de su teoría y si todo es como solía recordarlo cuando tenía cinco, entonces me abriré paso a una nueva dimensión al partir de aquí, aunque no me vaya (¿seré un alma demasiado joven para temerle tanto al morir?, es lo más probable).

Una católica, pero no fanática, de mente abierta y libre (como mis letras) capaz de discernir entre un todopoderoso que todo lo ve y varios "semejantes" que dañan a su prójimo más cercano y joven, provistos de una sotana. Agradecida de seguir en esta tierra, aun pudiendo haber partido hace 23 años, creyente de la reencarnación y las letras liberadoras, que ayudan al autoconocimiento y al autocontrol como no se tiene una idea.

He conocido corazones, desde el más cálido hasta el más frío. Quien es el significado más pleno de mi apoyo y pilar fundamental, hoy, es de corazón tibio y de mente libre (incluso de "eso" que no he logrado ver hasta ahora, pero que le libera de mi Dios), sabe quien soy desde el momento cero, no podría esconderme de sus ojos durante mucho tiempo; cuando supe que me aceptaría tal como soy, sin prejuicios, entonces solo fui feliz contándole todo lo que soy y seré. Y no, ante sus ojos no me sentí de otro planeta. Le agradezco por cada uno de sus consejos, su paciencia (a veces no) y sus abrazos reparadores. Hace demasiadas cosas bien, en especial, el dejar a un lado la mojigatería y los pensamientos trogloditas y solo dedica su tiempo a escucharme y a darme consejos hechos a mi medida. Sigue ahí para mí, no es mi madre ni se le parece, pero en esencia lo es un poco, quizá.

Soy, en madrugadas como esta, alguien que ha buscado a su padre y ha creído encontrarlo unas cuantas veces en casa. Es duro recorrer un desierto y al ver, desde lejos, un charco de agua resplandeciente, en medio del sofoco y el estar sedienta, el correr incansablemente hacia este y al fin, nunca llegar, porque simplemente no había nada allí. Era un buen espejismo como para ser verdad. Supongo que todavía sigo esperando ser su orgullo, o algo que se le parezca, pero ya no me apresuro, tal vez el esfuerzo sea en vano.

Tan libre de dependencia como me siento (o estoy intentándolo aún) con un par de hombres que me quisieron, ahora ya a mis espaldas (ya perdonada y libre del rencor de uno, gracias al cielo), y otros cuantos con el deseo perdido de ser algo más que amigos, y quedándose, al fin y al cabo, como solo eso, sin reproches de por medio. No podría hacer de menos a alguien por amar, mucho menos a los que tuvieron la delicadeza de intentar entregarme su corazón en las manos, tal vez, porque durante esos momentos, se me presentó un déjà vu
y me recordó cuánto dolía entregar el corazón, que te lo pisotearan en las narices, para luego recogerlo maltrecho y con un trozo faltante.

(Le sigo temiendo a morir, pero mi mente y yo cantaremos una canción de cuna que silenciará, de a poco, a la sinfonía de batalla que ha ido sonando mientras redacto estas líneas), quizá por eso ame tanto el cantar, pero no el esperar. Porque el cantar libera mi mente de grandes temores, valiéndose de mis cuerdas vocales, y muchos “mis menores” que se pierden en el aire. Y el esperar, acaba conmigo, a través del don de la paciencia que no poseo. Espero por libertad (le temo al morir aún, pero mi mente y yo ya hicimos una tregua en tan poco tiempo), espero por respuestas que llegarán envueltas en mucha confianza, como regalo especial para mí.

A veces, como esta madrugada, tengo tanto para decir, pero mi corazón ya está calmado, mi respiración se ha restablecido y dan las tres treinta y siete. La sinfonía tocó su última nota e hizo silencio.

EL MEJOR LIBRO DEL MUNDO


 


Una hermosa y cálida mañana de enero, hace ya más de dos años atrás, me fue entregado, por el destino, el libro más hermoso que jamás se haya podido escribir. Desde entonces, lo adapté tanto como pude a mi vida y al ver que su compañía era lo mejor del mundo, empecé a leerlo de a poco, día con día y página tras página. Todo iba avanzando demasiado de prisa, sin embargo, yo no sentía remordimientos al disfrutar tanto de su lectura. Entonces, aprendía mucho de sus escritos, sobre la vida, el amor, el mundo. Me costaba trabajo creer que tenía en mis manos algo tan preciado. Lo cuidaba con esmero, era feliz cada que sabía que iba a leer un poco más de él, y en su ausencia, ¡Oh! qué desdicha más grande para mi pobre alma que ya sentía que aquel libro, que para los demás era uno corriente, era más que eso. Era todo lo que necesitaba para vivir y ser feliz. Bien decían que el libro era un amigo sincero del que podías aprender mucho. Y en efecto, lo era. Pero ¿Cómo explicarlo? creo que nadie se ha enamorado de un libro, porque sería muy raro admitirlo y muy a pesar del mundo moderno en el que habitamos, sería toda una odisea el llegar a confesar tal amor siquiera.

Y el tiempo transcurría entre mi libro favorito y yo, un libro al que amaba con todo el corazón, aunque me hubiese tomado menos de dos segundos en admitirlo. Su portada era bella, todo lo que enseñaba era magistral, sus páginas níveas hablaban con sabiduría y el leerlo, era el placer más grande del mundo. Me era imposible pasar mucho tiempo sin él. Ya era un hecho que incluso, tenía un lugar preferente en mi librero, un lugar que, al notarlo ocupado por él, la alegría y el júbilo llenaban mi corazón.

¿Y el libro? Por supuesto que el libro ignoraba que lo amaba como nadie más, ¿Cómo se lo iría a decir? era ilógico, inaudito ¿Cómo le dices a un libro que lo amas? no había forma.

Pronto el destino volvía a hacer presencia como aquella primera vez. Y una noche fría, mientras hojeaba con curiosidad, había descubierto algo terrible. El libro estaba firmado, tenía escrito un nombre y una fecha. Aquel libro no me pertenecía, era de alguien más, de alguien que evidentemente no era yo.

¡Qué desilusión tan grande me había llevado! me negaba a creerlo, pero era cierto todo aquello. Pasé noches en vela, solo rogando que su dueño no se apareciera nunca. ¡Qué iba a ser de mí si me faltaba mi amado libro! cuánto dolor me causaría devolverlo a unas manos extrañas, si después de todo, habíamos pasado tanto tiempo juntos y muy dentro mío, podía sentir que él también me quería. Y que, si llegara a irse hacia otras manos, una parte de mí se iría con él, y una parte suya, se quedaría aquí conmigo, como el fantasma que vendría a atormentarme cada noche en la que no volviera a disfrutar de su compañía, jamás.

Entonces, él aún no se había marchado, pero yo podía sentir su ausencia mucho antes de su partida. Pensaba «Podré dejarlo irse a otras manos si veo que lo merecen, lo valoran y tienen la capacidad suficiente para hacerlo feliz tanto como yo» Nadie tiene la capacidad para hacer feliz a un libro, o eso creo. Pero con el tiempo, yo había adquirido aquella capacidad, motivo que era causa del mayor orgullo en mí. Ya que tenía la enorme capacidad de amar. De amar con dos corazones.

Y en efecto, cierto día que había decidido ausentarme por unas cuantas horas, y cuando me disponía a ingresar a mi casa, me lo encontré en la puerta: Su propietario estaba ahí, el dueño de la firma y quien le había asignado una fecha. Lo tenía frente a mí, reclamando lo que era suyo. Y quién era el mentado dueño. Pues nada más y nada menos que un hombre inculto, falto de cualidades que lo hicieran merecedor del libro que, por el tiempo, ya consideraba más mío que de nadie. Un pobre infeliz que sabe Dios qué haría con mi preciado libro cuando lo tuviera entre sus manos. ¡Lo lamentaba tanto! ¡Cómo echaría de menos todo de él! sobre todo, el beber una buena taza de café a su lado, mientras disfrutaba de viajar entre sus letras. Pero nada podía hacer ya, él no me pertenecía y aunque me partiera el alma en pedazos, debía devolverlo. Después de mucho batallar, decidí devolvérselo, cuanto antes se fuera de mis manos, menos dolería su partida.

Lo acaricié por última vez, posé mis labios sobre él. Una sutil lágrima resbaló desde mis ojos hacia mis mejillas y terminó sobre su lomo. «Te quiero» pronuncié a viva voz, ¡Ay! Pero cuánto había querido decirle que lo amaba, quizá más que a mi pobre vida que, a partir de entonces, no sería nada más que soledad y tinieblas.

***

Muchas lunas pasaron y no había vuelto a verlo más, sin embargo, no había dejado, ni siquiera un segundo, de pensar en él, en mi pobre libro, en su hermosa portada, en su sutileza y gracia para dejarse leer ¡Cuánto lo echaba de menos!

Poco después, el viento me trajo su verdadera historia, aquella que no estaba escrita siquiera entre sus hojas o en su prólogo. Aquel libro, decía en su historia, que hasta antes de llegar a mis manos, había pasado por otra más. Las manos de un hombre lo suficientemente culto como para amarlo tanto como ya lo hacía yo, pero que por razones un tanto oscuras, había decidido abandonarlo, con un gran dolor en su corazón. Eso demostraba su nobleza. No mucho después, el libro ya tenía nuevo dueño. Un pobre hombre quizá con un gran porvenir académico, pero de mentalidad bastante infantil. Sabe Dios cómo habrá llegado a sus asquerosas manos, tan preciada joya.

La cuestión era que ese nuevo dueño, tenía bastante descuidado al libro, sucio y aún sin forrar. ¡Cuántas penurias habrá tenido que pasar! al descuido, al asecho de extraños o a la intemperie, y todo por culpa de ese miserable. Lo que leía, casi en sus líneas finales, decía que ese último dueño, ya hace mucho que estaba en plan de abandonar y recoger al libro constantemente, sin importarle lo que le pudiera pasar.

Y el libro ¡Debía soportarlo todo! Impasible, quizá dentro de sí, lamentando su suerte o quién sabe. Quizá hasta amando al dueño que lo echaba cada vez que le daba la gana. Masoquismo del libro ¿Quién pudiera saberlo? pero algo de todo ello había en todo eso. El libro siempre se mantenía en silencio, moviéndose al compás del ritmo que le tocaran los dedos de semejante energúmeno. Bien decían por ahí que la miel no se había hecho para el hocico de los asnos. Y así era, semejante joya sabia, no se había hecho para las manos de ese desdichado.

Pero, en fin ¿Cómo le aconsejas a un libro? Cómo le haces entender «Oye, aquel no te merece porque te echa de su vida y te deja volver cada que le da la gana» no se puede. El libro no responde. Se queda ahí en su sitio. Y así yo lo quisiera, y aunque tú quisieras también, si el libro te diera sus razones para estar soportándolo todo, no podría echarse a andar en busca de un nuevo dueño. No. Porque es un libro y está en su naturaleza serlo.

Cuando terminé de leer aquella historia perdida, me reñí por haberlo dejado ir con aquel farsante disfrazado de hombre...

***

Un día, desperté muy temprano. Observé hacia mi lado derecho y ahí estaba, mi precioso libro había regresado conmigo. Nunca supe cómo le había hecho para volver, pero es que a veces, el destino tiene tantas jugarretas a lo largo de toda la vida. Si algo es para ti, así se haya marchado miles de kilómetros, siempre regresará al lugar que le corresponde, sin importar qué. Lo único que hice, esa mañana soleada, fue abrir el libro de par en par y hojearlo con cuidado, esa era mi forma de demostrarle cuánto lo había echado de menos. Busqué apresuradamente aquella página en blanco donde estaban ese nombre y fecha y la arranqué con cuidado.

Finalmente, tomé un lapicero con la tinta más fina. Después del epílogo decidí ponerle mi nombre y la fecha en la que había llegado a mis manos, para después firmarlo.

Ahora era más mío que de nadie. Y era feliz así.

Lo mejor de todo, no fue el volverlo a encontrar ni continuar leyéndolo, ni siquiera el saberlo mío, y esta vez para siempre. No. Lo mejor de todo, fue que mientras escribía todo esto, he caído en cuenta de que tengo entre mis manos y en mi vida al mejor libro de todos y al que es cierto, amo más que a nada en el mundo.

Y ¿Saben qué? es el mejor libro que el destino ha podido poner sobre mis manos.

 

Razel Fernández

(2017)