EL MEJOR LIBRO DEL MUNDO

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Una hermosa y cálida mañana de enero, hace ya más de dos años atrás, me fue entregado, por el destino, el libro más hermoso que jamás se haya podido escribir. Desde entonces, lo adapté tanto como pude a mi vida y al ver que su compañía era lo mejor del mundo, empecé a leerlo de a poco, día con día y página tras página. Todo iba avanzando demasiado de prisa, sin embargo, yo no sentía remordimientos al disfrutar tanto de su lectura. Entonces, aprendía mucho de sus escritos, sobre la vida, el amor, el mundo. Me costaba trabajo creer que tenía en mis manos algo tan preciado. Lo cuidaba con esmero, era feliz cada que sabía que iba a leer un poco más de él, y en su ausencia, ¡Oh! qué desdicha más grande para mi pobre alma que ya sentía que aquel libro, que para los demás era uno corriente, era más que eso. Era todo lo que necesitaba para vivir y ser feliz. Bien decían que el libro era un amigo sincero del que podías aprender mucho. Y en efecto, lo era. Pero ¿Cómo explicarlo? creo que nadie se ha enamorado de un libro, porque sería muy raro admitirlo y muy a pesar del mundo moderno en el que habitamos, sería toda una odisea el llegar a confesar tal amor siquiera.
Y el tiempo transcurría entre mi libro favorito y yo, un libro al que amaba con todo el corazón, aunque me hubiese tomado menos de dos segundos en admitirlo. Su portada era bella, todo lo que enseñaba era magistral, sus páginas níveas hablaban con sabiduría y el leerlo, era el placer más grande del mundo. Me era imposible pasar mucho tiempo sin él. Ya era un hecho que incluso, tenía un lugar preferente en mi librero, un lugar que, al notarlo ocupado por él, la alegría y el júbilo llenaban mi corazón.
¿Y el libro? Por supuesto que el libro ignoraba que lo amaba como nadie más, ¿Cómo se lo iría a decir? era ilógico, inaudito ¿Cómo le dices a un libro que lo amas? no había forma.
Pronto el destino volvía a hacer presencia como aquella primera vez. Y una noche fría, mientras hojeaba con curiosidad, había descubierto algo terrible. El libro estaba firmado, tenía escrito un nombre y una fecha. Aquel libro no me pertenecía, era de alguien más, de alguien que evidentemente no era yo.
¡Qué desilusión tan grande me había llevado! me negaba a creerlo, pero era cierto todo aquello. Pasé noches en vela, solo rogando que su dueño no se apareciera nunca. ¡Qué iba a ser de mí si me faltaba mi amado libro! cuánto dolor me causaría devolverlo a unas manos extrañas, si después de todo, habíamos pasado tanto tiempo juntos y muy dentro mío, podía sentir que él también me quería. Y que, si llegara a irse hacia otras manos, una parte de mí se iría con él, y una parte suya, se quedaría aquí conmigo, como el fantasma que vendría a atormentarme cada noche en la que no volviera a disfrutar de su compañía, jamás.
Entonces, él aún no se había marchado, pero yo podía sentir su ausencia mucho antes de su partida. Pensaba «Podré dejarlo irse a otras manos si veo que lo merecen, lo valoran y tienen la capacidad suficiente para hacerlo feliz tanto como yo» Nadie tiene la capacidad para hacer feliz a un libro, o eso creo. Pero con el tiempo, yo había adquirido aquella capacidad, motivo que era causa del mayor orgullo en mí. Ya que tenía la enorme capacidad de amar. De amar con dos corazones.
Y en efecto, cierto día que había decidido ausentarme por unas cuantas horas, y cuando me disponía a ingresar a mi casa, me lo encontré en la puerta: Su propietario estaba ahí, el dueño de la firma y quien le había asignado una fecha. Lo tenía frente a mí, reclamando lo que era suyo. Y quién era el mentado dueño. Pues nada más y nada menos que un hombre inculto, falto de cualidades que lo hicieran merecedor del libro que, por el tiempo, ya consideraba más mío que de nadie. Un pobre infeliz que sabe Dios qué haría con mi preciado libro cuando lo tuviera entre sus manos. ¡Lo lamentaba tanto! ¡Cómo echaría de menos todo de él! sobre todo, el beber una buena taza de café a su lado, mientras disfrutaba de viajar entre sus letras. Pero nada podía hacer ya, él no me pertenecía y aunque me partiera el alma en pedazos, debía devolverlo. Después de mucho batallar, decidí devolvérselo, cuanto antes se fuera de mis manos, menos dolería su partida.
Lo acaricié por última vez, posé mis labios sobre él. Una sutil lágrima resbaló desde mis ojos hacia mis mejillas y terminó sobre su lomo. «Te quiero» pronuncié a viva voz, ¡Ay! Pero cuánto había querido decirle que lo amaba, quizá más que a mi pobre vida que, a partir de entonces, no sería nada más que soledad y tinieblas.
***
Muchas lunas pasaron y no había vuelto a verlo más, sin embargo, no había dejado, ni siquiera un segundo, de pensar en él, en mi pobre libro, en su hermosa portada, en su sutileza y gracia para dejarse leer ¡Cuánto lo echaba de menos!
Poco después, el viento me trajo su verdadera historia, aquella que no estaba escrita siquiera entre sus hojas o en su prólogo. Aquel libro, decía en su historia, que hasta antes de llegar a mis manos, había pasado por otra más. Las manos de un hombre lo suficientemente culto como para amarlo tanto como ya lo hacía yo, pero que por razones un tanto oscuras, había decidido abandonarlo, con un gran dolor en su corazón. Eso demostraba su nobleza. No mucho después, el libro ya tenía nuevo dueño. Un pobre hombre quizá con un gran porvenir académico, pero de mentalidad bastante infantil. Sabe Dios cómo habrá llegado a sus asquerosas manos, tan preciada joya.
La cuestión era que ese nuevo dueño, tenía bastante descuidado al libro, sucio y aún sin forrar. ¡Cuántas penurias habrá tenido que pasar! al descuido, al asecho de extraños o a la intemperie, y todo por culpa de ese miserable. Lo que leía, casi en sus líneas finales, decía que ese último dueño, ya hace mucho que estaba en plan de abandonar y recoger al libro constantemente, sin importarle lo que le pudiera pasar.
Y el libro ¡Debía soportarlo todo! Impasible, quizá dentro de sí, lamentando su suerte o quién sabe. Quizá hasta amando al dueño que lo echaba cada vez que le daba la gana. Masoquismo del libro ¿Quién pudiera saberlo? pero algo de todo ello había en todo eso. El libro siempre se mantenía en silencio, moviéndose al compás del ritmo que le tocaran los dedos de semejante energúmeno. Bien decían por ahí que la miel no se había hecho para el hocico de los asnos. Y así era, semejante joya sabia, no se había hecho para las manos de ese desdichado.
Pero, en fin ¿Cómo le aconsejas a un libro? Cómo le haces entender «Oye, aquel no te merece porque te echa de su vida y te deja volver cada que le da la gana» no se puede. El libro no responde. Se queda ahí en su sitio. Y así yo lo quisiera, y aunque tú quisieras también, si el libro te diera sus razones para estar soportándolo todo, no podría echarse a andar en busca de un nuevo dueño. No. Porque es un libro y está en su naturaleza serlo.
Cuando terminé de leer aquella historia perdida, me reñí por haberlo dejado ir con aquel farsante disfrazado de hombre...
***
Un día, desperté muy temprano. Observé hacia mi lado derecho y ahí estaba, mi precioso libro había regresado conmigo. Nunca supe cómo le había hecho para volver, pero es que a veces, el destino tiene tantas jugarretas a lo largo de toda la vida. Si algo es para ti, así se haya marchado miles de kilómetros, siempre regresará al lugar que le corresponde, sin importar qué. Lo único que hice, esa mañana soleada, fue abrir el libro de par en par y hojearlo con cuidado, esa era mi forma de demostrarle cuánto lo había echado de menos. Busqué apresuradamente aquella página en blanco donde estaban ese nombre y fecha y la arranqué con cuidado.
Finalmente, tomé un lapicero con la tinta más fina. Después del epílogo decidí ponerle mi nombre y la fecha en la que había llegado a mis manos, para después firmarlo.
Ahora era más mío que de nadie. Y era feliz así.
Lo mejor de todo, no fue el volverlo a encontrar ni continuar leyéndolo, ni siquiera el saberlo mío, y esta vez para siempre. No. Lo mejor de todo, fue que mientras escribía todo esto, he caído en cuenta de que tengo entre mis manos y en mi vida al mejor libro de todos y al que es cierto, amo más que a nada en el mundo.
Y ¿Saben qué? es el mejor libro que el destino ha podido poner sobre mis manos.
Razel Fernández
(2017)
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