LA PEQUEÑA VENDEDORA DE GOLOSINAS

LA PEQUEÑA VENDEDORA DE GOLOSINAS


Verde y nada más que verde. Atravesaba densa vegetación, entre hojas de plátano y casas peculiares de madera que se elevaban ante mis ojos, como si un pequeño recuerdo aún no vivido estuviera a punto de revelarse para mí.

Era extraño. Mientras el camino se iba acortando, me acompañaba de risas mayores; las conversaciones eran de todo menos aburridas y banales, vaya uno a saber con exactitud si había o no nacido ya en la época sobre la que charlaban y debatían animadamente. Mi cuerpo estaba ahí, pero mi mente se perdía y esperaba con ansias un solo destino. La vegetación iba acrecentándose y las curvas del camino eran cada vez más y más sinuosas. Asomé mi cabeza y un pequeño lugar se asomaba entre árboles flacuchos con hojas de forma curiosa, de los que, hasta hoy, ignoro el nombre todavía...

“Caminaba y no pensaba detenerme, hacía algo de calor, pero eso era lo de menos ahora. Me habían hablado sobre este lugar muchas veces, lo recuerdo con exactitud. No había demasiada gente por aquí, aun así, todos parecían vivir en paz, seguramente todos se conocían, pero yo era una foránea más. Algunos se saludaban con un “buenas tardes”, y nadie parecía mirar a la extraña que apenas había llegado. Mis pasos no eran raudos, sin embargo, buscaba un no sé qué con la mirada (o a un no sé quién). Hasta que los vi. Sentados al pie de una modesta capilla: Un par de niñitos que no deberían pasar de entre 6 y 8 años, él vestía ojotas, pantalones cortos y un chullo y ella; zapatos diminutos, pantalones y abrigo rosa y lucía un par de colitas como peinado. Yo seguía viéndolo todo desde cerca. No quería perderme nada. De repente, ambos se levantaron y decidieron jugar a perseguirse. Yo los seguí con la mirada, la niñita se distrajo cuando su acompañante le hablaba y tropezó con una pequeña piedrecilla, él le ayudó a levantarse y limpió su rodilla. Yo sonreí —Es algo que mi hermano también haría— pensé. Ambos pasaron entre risas por mi lado y ninguno pareció notar mi presencia. Cuando ya estaban bastante lejos decidí seguirlos, pero apenas empecé a caminar, ambos se perdieron en un callejón al que me asomé, pero no había nada; solo un par de perros que apenas acababan de despertar de su siesta, al parecer.

No era una población ruidosa, su ambiente me causaba una nostalgia sin causa aparente. Un par de señores enojados caminaban hacia mí, discutían, por el alto tono de voz que estaban usando —¡Perdimos 6 a 0, compadre!, es la noticia más fresca y la más amarga también —decía uno —Los argentinos son unos sobornadores de mierda, no puedo decirte nada más... — y es todo lo que oí, mientras los engranajes de mi cerebro trabajaban para saber de qué partido estaban hablando, con lo distraída que suelo ser, no me extrañaría haberme perdido alguno de los partidos de la selección. Luego seguí oyendo la discusión entre aquellos hombres, que ahora se perdían en la lejanía. Observé mi muñeca izquierda y daban las 2 y cuarto, mi estómago comenzaba a protestar por alimento y mi sed debía ser saciada cuanto antes.


—¿Cuánto llevo caminando? —pensé en voz alta e inicié un monólogo, como solía hacer cuando me encontraba sin compañía. Probablemente poco más de media hora, razonaba. Vaya. Poniendo un poco más de atención a los negocios locales, buscaba un lugar donde vendieran comida o algo parecido, no lo encontraba y era extraño, bastante, a decir verdad. Mis pies empezaban a cansarse, y un gran bostezo se hacía presente. Me detuve frente a una gran casa de material noble, una que no se parecía a las demás. Parecía que un negocio funcionaba en la primera planta, y digo parecía, porque estaba cerrado. Medio metro a la derecha ¡eureka!, di por fin con algo que comer; una pequeña niña tenía un pequeño puesto de golosinas en la segunda puerta de la gran casa.

Esa niña se parecía tanto a la que acababa de perder de vista hace un rato, creo... no, no creo, era la misma, pero cómo me explicaba su cambio repentino de peinado y de vestuario. El hambre me hizo actuar casi en automático y acudí a ella cruzando la arenosa calle. —Hola —saludé, mientras evaluaba lo que compraría — Ella pareció no oírme. Me aclaré la garganta. —Hola... ¿podrías darme una gaseosa? —le señalé con mi dedo a una de sabor limón que llevaba por nombre “Lulú”. Nunca antes había oído sobre ella, debe ser una gaseosa local, creí. Y la niña giró su rostro hacia los lados, como cerciorándose de algo, cuando yo estaba delante suyo. Pero nada, parecía que solo hablaba con el viento. Ella no me estaba escuchando. Con toda la paciencia del mundo, que no era una de mis virtudes, pasé una mano delante de sus ojos moviéndola en forma de saludo —Tal vez no puede oír... — pensé, pero de inmediato llegó a mi mente el recuerdo de que había girado la cabeza al oír el —¡Te atraparé! —mientras huía de su pequeño acompañante. Al ver que ninguno de mis intentos por llamar su atención funcionaba, decidí tomar unos cereales de su carretita por mi cuenta, al hacerlo, mi mano atravesó la bolsa. Fruncí el ceño extrañada.

Lo intenté una vez más con unas extrañas golosinas, pero nada. Parecía que yo acababa de conseguir un súper poder en ese instante, pero era frustrante a la vez. Sucedía con cada cosa material que intentaba tocar. De pronto se oyó una voz desde dentro de la gran casa —Jani, ¡jamuy, ñam mikusunña! — ¿Jani? el nombre, que al parecer era el de la pequeña vendedora, hizo eco en mi cabeza... y a nadie más en el mundo llamaban así, a nadie más que a mamá... (una mala pronunciación de su nombre: Jane) —¿Pero qué demonios? —me pregunté. La pequeña vendedora, tomó un cobertor de plástico y lo puso sobre su mercadería, estaba a punto de retirarse, supuse. Y no me equivoqué, pero en el proceso de entrada hacia su casa dejó un pequeño cuaderno naranja a la vista. Aproveché su ausencia para primero, ver si podía sostenerlo o lo atravesaría, como todo lo que había intentado tocar hasta ahora. — ¡Apresúrate, tenemos que partir ya! —oí como alguien me llamaba a lo lejos. Debía volver al bus ya o se irían sin mí. Con las prisas y la curiosidad, no podía perder la oportunidad de tomar ese pequeño cuaderno, no para hurtarlo, si no, porque parecía tener un nombre escrito en la portada, con una caligrafía infantil, y necesitaba saber cómo se apellidaba esa pequeña vendedora de golosinas a la que curiosamente llamaban igual que a mi madre. Creí que no lo conseguiría, pero lo logré. Fijé mis ojos en la pasta y me sorprendí al ver los nombres y apellidos completos de mi madre ahí. Qué era eso, me pregunté con algo de temor.

Una voz desconocida me respondió que tal vez, ese era un pequeño regalo de Dios, por lo que, en forma de agradecimiento por los momentos vividos, no debía alterar el curso natural del tiempo. Sin embargo, no me resistí y al ver que estaba por terminarse mi tiempo, tomé un lapicero desgastado con el que, a las carreras, escribí:

«Gracias por ser la luz que todos los días guía mi camino. Por favor, no te apagues nunca. En un futuro, no temas ante la duda de saber si serás o no, una gran mamá, porque te aseguro que eres la mejor desde hace 22 años. Te amo. L.»

Casi de inmediato, puse los objetos en su lugar y sin voltear a ver qué sucedería detrás de mí, eché la carrera de mi vida hacia el bus que me llevaría hacia la ciudad que era el destino final de mi viaje: Kimbiri.”

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